“En el principio fue la emoción”. Así reflexionaba el pianista Burkhard Kehring sobre el camino que el intérprete debe recorrer para evitar que la música se convierta en la mera transcripción de unas notas impresas, en la imagen vacía de una tradición cultural fosilizada. Lo hizo hace una semana durante el transcurso de unas clases magistrales en torno al género del Lied y un día antes, como si de una demostración adelantada se tratase, habíamos tenido ocasión de escucharlo junto al tenor Christian Elsner realizando unas vívidas recreaciones de canciones de Schumann y Brahms. Ese concierto se abrió con “In der Fremde” de Robert Schumann y al hilo de esta canción, que me acompaña ya desde hace tiempo, decidí recorrer el camino que nos había propuesto el pianista alemán, un camino que no por obvio resulta menos revelador.
El tiempo
En 1832 Joseph von Eichendorff, el gran autor romántico que encarnó la visión del paisaje como expresión del sentimiento interior del poeta, publica la novela satírica “Viel Lärmen um Nichts”, cuyo título coincide con el de la traducción que A. W. Schlegel había hecho de la obra de Shakespeare “Mucho ruido y pocas nueces” (“Much Ado about Nothing”). La obra, que critica la decadencia de la escena literaria romántica de la época, contiene algunos poemas dispersos entre los que se encuentra este “In der Fremde” que el autor pone en la voz de una joven que canta estos versos acompañada de una guitarra.
Unos años después, en 1840, encontramos a un joven Schumann componiendo canciones de forma enfebrecida, disfrutando de la felicidad agridulce que le da haberse casado al fin con su amada Clara tras largas disputas con el padre de la pianista, que sólo acabaría cediendo a los deseos de la pareja mediante sentencia judicial. En este “año de las canciones” en que escribe más de la mitad de toda su producción vocal, Schumann pone música a varios poemas de Eichendorff y escoge doce de ellos para su publicación en 1842 bajo el título “Liederkreis” (literalmente “ciclo de canciones”) con el número de catálogo Op.39. Sin embargo hay que esperar hasta la reedición de 1850 para ver finalmente incluído “In der Fremde” en esta colección, que sustituye así a la pieza “Der frohe Wandersmann” (“El caminante feliz”) que encabezaba inicialmente el ciclo y otorga además una perspectiva poética bien distinta al conjunto.
Más de siglo y medio más tarde, un cantante y un pianista alemanes han buscado de nuevo en la huella muda de la partitura de Schumann, se han conmovido con su poesía desnuda y se han empeñado en transmitir de manera renovada ese mismo mensaje. Son herederos en cierta forma de una tradición cultivada por numerosas generaciones que ha extendido este legado por todos los rincones del mundo, pero hoy interpretan esta canción ante un público que en su gran mayoría no sabe leer música, que se encuentra alejado de la lírica y que por supuesto no entiende alemán, no disponiendo siquiera en sus programas de mano de la traducción del poema.
Aún así, y aunque parezca asombroso, parte de la emoción que vio nacer las palabras de Eichendorff sigue llegando intacta al público. ¿Por qué?
Las palabras
Reproduzco el poema de Eichendorff con las ligeras (pero significativas) modificaciones que hizo Schumann para adaptarlo a su música. La traducción fiel es imposible, pero todas las traducciones que he encontrado son bastante prosaicas e inexpresivas (cuando no erróneas), por lo que he preferido realizar yo mismo una que al menos conservara en castellano parte del aliento poético que tiene en el idioma original. Empezando por el título, que considero intraducible, pues la palabra “Fremde” se contrapone en su sentido a “Heimat”, que significa el hogar, la casa, la familia, la lengua y la tierra que nos vio nacer. No existe una palabra que signifique lo contrario de “hogar” en castellano, y por tanto considero desacertadas las traducciones de “In der Fremde” como “En la lejanía”, “En tierra extraña” o “En el extranjero”, que no transmiten el estado anímico que el lector debería encarnar. Me inclino entonces por buscar otra vía y traducir el título simplemente como “Lejos de casa”, expresión que, a pesar de no ser literal, sí que conserva el significado emotivo que tiene en alemán.
In der Fremde
Aus der Heimat hinter den Blitzen rot
Da kommen die Wolken her.
Aber Vater und Mutter sind lange tot,
Es kennt mich dort keiner mehr.
Wie bald, ach wie bald kommt die stille Zeit,
Da ruhe ich auch, (x2)
Und über mir rauscht
Die schöne Waldeinsamkeit, (x2)
Und keiner kennt mich mehr hier. (x2)
Lejos de casa
Desde mi tierra, tras los resplandores rojizos,
vienen acercándose las nubes.
Pero padre y madre llevan ya tiempo muertos,
y nadie más allí me conoce.
Qué pronto, pero qué pronto llegará el día callado
en que también yo descanse, (x2)
y sobre mí se oiga el rumor
de la hermosa soledad del bosque, (x2)
y nadie más aquí me conozca. (x2)
La música

Sin pretender ser tan exhaustivo como David Ferris, que en su monografía sobre el Liederkreis de Eichendorff dedica más de 30 páginas a analizar todos los pormenores de esta pequeña joya, señalaré algunos de los rasgos más sobresalientes de la musicalización de Schumann. Así, la sobriedad de los medios expresivos y el tono íntimo de una melodía que se acerca al recitado por su extensión. También la matización de ciertas palabras, como el mordente que traduce el escalofrío del aire del atardecer sobre la palabra “Wolken” (“nubes”), y que vuelve a repetir con profunda tristeza sobre “keiner” (“nadie”). En otros casos alargando ciertas sílabas -como en el acorde disminuido con apoyatura de “lange tot” (“tiempo muertos”) - , o dejando escuchar en los arpegios del acompañamiento el susurro de las hojas de los árboles (“Und über mir rauscht die schöne…”) y también repitiendo dos veces ciertos versos de forma que muestra dos significados complementarios de una misma frase: anhelo y sosiego, agitación y reposo, aceptación y deseo. El ciclo de vida y muerte que transmiten las palabras del poema se ve reflejado en una oscilación musical que se produce a muy distintos niveles: en la ondulación cíclica del acompañamiento del piano a lo largo de toda la pieza, en la línea melódica de la voz (fa#-la-sol#-si-fa#), en la alternancia continuada de “tónica” y “dominante” del tejido armónico, y en la estructura formal de toda la obra, que reproduce la célula melódica inicial y pasa por los centros tonales de fa# menor, asciende a la mayor y si menor en su clímax y regresa de nuevo al punto de partida, aunque esta vez en modo mayor como expresión del descanso que el caminante encuentra en la muerte.
La emoción
Se pueden verter ríos de tinta para explicar una pieza de apenas un minuto de duración, pero al final sólo se puede ir a la búsqueda de esa emoción primera, del sentimiento que motivó al barón Eichendorff a buscar unas palabras con las que construir un verso, de la melancolía que conmovió a Schumann al leer el poema. Sólo quedan vestigios de todo ello en la partitura impresa, pero si esta música ha sobrevivido durante siglos es porque ha sabido transmitir un sentimiento universal que se expresa más allá de las limitaciones del idioma o el estilo y que se adapta a cada época con la misma intensidad del momento de su creación. La figura del “Wanderer”, el caminante del romanticismo, perdura de igual forma en nuestros días, y lo encarnamos paradójicamente cuando, desorientados por la velocidad del tiempo, la información y la tecnología, vagamos por ciudades y carreteras en busca de la calma perdida, de un cierto sosiego. Almas errantes, desarraigadas como nunca, que en lugar de contemplar un paisaje crepuscular acaban escuchando en un auditorio unas canciones que nos hablan del mismo ciclo de vida y muerte que no comprendemos.
Quizá el público ignora lo que significan las palabras y la maestría de los recursos compositivos, quizá desconoce la técnica vocal y el arte interpretativo, pero a pesar de todo, la música siempre llega más allá, y pronuncia con voz queda lo que no advertimos escuchar.
A mí me habla con voz fuerte y clara, y sé que también un día volveré a ese pueblo deshabitado que es mi “Heimat” y soplará el viento que agite las ramas de esa encina que plantaron los abuelos y pasarán las nubes bajo el cielo rojo del invierno y nadie más aquí sabrá de mí.
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Robert Schumann: In der Fremde (Liederkreis, Op.39, Nº1)
Dietrich Fischer-Dieskau (barítono), Christoph Eschenbach (piano), 1974

